Las habilidades humanas esenciales para desarrollar en la era de la IA, según el creador de la teoría U

Las habilidades humanas esenciales para desarrollar en la era de la IA, según el creador de la teoría U

Transformación a través de las relaciones

Según Scharmer, el cambio en las realidades actuales demanda un enfoque que no solo considere las estructuras visibles, sino también las relaciones que las sustentan, es decir, el factor invisible que él denomina suelo social. La innovación, en este sentido, no se enfrenta únicamente a desafíos como la burocracia, la falta de recursos o limitaciones tecnológicas. También depende de cómo las personas se escuchan y colaboran entre sí para resolver problemas, colocando la experiencia humana en el centro de todo.

Saiph Savage y la democratización de la inteligencia artificial

Saiph Savage está desempeñando un papel fundamental en la configuración del futuro de la inteligencia artificial (IA) en el entorno laboral, centrándose especialmente en el empoderamiento de las mujeres y las comunidades rurales de América Latina. Su labor busca asegurar que los beneficios de la IA se distribuyan de manera equitativa y accesible para todos.

Riesgos asociados a la inteligencia artificial

La distinción que realiza Scharmer cobra especial relevancia en el contexto de la nueva revolución digital impulsada por la inteligencia artificial. El investigador identifica tres capacidades humanas que considera amenazadas por esta era tecnológica: la atención, las relaciones y la capacidad de acción.

El primer riesgo se relaciona con un ataque a nuestra atención. Scharmer vincula este fenómeno a los algoritmos que optimizan la interacción en plataformas digitales, cuyo objetivo es maximizar el tiempo de uso y la participación de los usuarios. Define este proceso como «attention fracking», en referencia a la explotación de la atención como si fuese un recurso. El resultado de esta dinámica puede ser un aumento en la polarización y el aislamiento, así como una pérdida de la concentración necesaria para el trabajo creativo. «Es algo muy evidente», afirma Scharmer, «y los padres son conscientes de ello».

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El segundo riesgo afecta a las relaciones personales. Con la proliferación de los chatbots, la tecnología ya no se limita a actuar como intermediaria entre seres humanos, sino que puede sustituir a un interlocutor que aparenta ser humano. Scharmer señala que «la IA empieza a reemplazar a las personas», y aunque estos sistemas pueden generar una sensación de intimidad, cuestiona si realmente equivalen a una relación humana auténtica. Describe esta experiencia como una «intimidad falsa», ya que detrás de la interacción no hay otra persona dispuesta a compartir la experiencia desde su propia subjetividad.

El tercer riesgo surge con la IA agéntica, que tiene la capacidad de realizar tareas y tomar decisiones operativas en nombre de los usuarios. «Ahora la IA decide y ejecuta por ti lo que debes hacer», expresa. En este caso, la tecnología no se limita a afectar la atención o las relaciones, sino que suprime nuestra capacidad de actuar de manera deliberada, llevándonos a realizar cualquier tipo de tarea sin necesidad de intervención humana.

La importancia de diversificar la inteligencia

Frente a este panorama, Scharmer no aboga por abandonar la inteligencia artificial. Su preocupación radica en que esta se convierta en la única forma de inteligencia en la que las sociedades inviertan de manera sistemática. «Lo que necesitamos en el futuro no son monoculturas inteligentes», advierte. Al igual que en la agricultura, donde los monocultivos pueden funcionar eficientemente durante un tiempo, un sistema excesivamente homogéneo se vuelve vulnerable a los cambios, lo que puede llevar a su colapso.

Por esta razón, Scharmer propone cultivar otras dos capacidades. La primera es la inteligencia orgánica, que describe como una forma de inteligencia encarnada, estrechamente relacionada con las relaciones y la capacidad de comprender a otros seres humanos desde diversas perspectivas. «Se trata de tener una mentalidad abierta, pero también un corazón abierto para empatizar con otras perspectivas», concluye.

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