Dos fechas significativas: un contraste inquietante
El «sentimiento de unidad nacional» que surge en torno a acontecimientos deportivos puede ser, en el mejor de los casos, una forma de anestesia colectiva. El próximo 19 de julio de 2026, España vivirá un momento de fervor, pero no en defensa de una ideología o en busca de un futuro mejor, sino por el resultado de un partido de fútbol. La selección nacional se enfrentará a Argentina en la final del Mundial.
Las calles se verán inundadas de banderas, con gritos de «¡España!» resonando por doquier, creando una ilusión de «unidad nacional» que durará lo que dure el partido. Sin embargo, es pertinente recordar que, hace 90 años, el 19 de julio de 1936, las mismas calles estaban ocupadas por milicianos que luchaban contra un levantamiento militar, un acontecimiento que dividió al país y lo sumió en una guerra civil. Comparar estos dos momentos representa un ejercicio de cinismo histórico que debería resultar vergonzoso para quienes se atreven a hacerlo.
La polarización de 1936
El intento de golpe de Estado de 1936 no fue un suceso aislado, sino el culminar de una primavera trágica marcada por una polarización política que ya había cobrado numerosas vidas. Los sublevados, respaldados por una élite militar, económica y religiosa, justificaron su insurrección con el discurso de «salvar a España» de un supuesto caos revolucionario. La respuesta de las milicias de izquierda y de los sindicatos anarquistas fue la única defensa viable ante una rebelión que pretendía instaurar una dictadura militar, como finalmente ocurrió.
Esta movilización popular no supuso un gesto de unidad, sino la constatación de una fractura irreparable. La entrega de armas a las milicias fue un acto desesperado de un gobierno que no confiaba en su propio ejército, disolviéndolo en un intento de crear un nuevo mecanismo de defensa. El resultado fue un país dividido, donde coexistían «la España interior, rural y de grandes propietarios» y «la España industrializada y urbana».
La sangre derramada aquel 19 de julio, tanto en el Cuartel de la Montaña en Madrid como en las calles de Barcelona, no fue en defensa de una camiseta, sino por la salvaguarda de un modelo de nación y la imposición de otro a través de la violencia. En ese día, la «unidad» fue la última palabra que se podía pronunciar en un país que se desangraba ante la mirada atenta del mundo.
Un presente efímero
Avanzando hasta el 19 de julio de 2026, España no se encuentra dividida, sino unida, aunque es pertinente cuestionar qué es lo que verdaderamente une a un país que ha demostrado una capacidad de fractura política y territorial sin parangón. Un partido de fútbol, en este caso, la final del Mundial. Sin embargo, lo que resulta más relevante es el discurso oficial que comienza a surgir desde la Moncloa: “es un momento para dejar de lado las diferencias y sentirnos orgullosos de ser españoles”.
Este «sentimiento de unidad nacional» que surge en torno a los eventos deportivos es, en el mejor de los casos, una forma de anestesia colectiva. Mientras España compite contra Argentina en Nueva Jersey, los problemas estructurales—la precariedad laboral, la crisis de la vivienda, los conflictos territoriales, el ascenso de la extrema derecha y la corrupción en el PSOE—quedan relegados a un segundo plano.
La pasión por un equipo de fútbol se convierte en un sustituto de la ciudadanía, una forma de pertenencia que no exige ningún tipo de compromiso crítico, sino que se limita al disfrute de un espectáculo. Se trata de una «unidad» que se manifiesta en los gritos de celebración por un gol, pero que se desmorona al día siguiente en las redes sociales. Es la «unidad» de una nación que parece identificarse más con una alineación deportiva que con su propia Constitución.
Reflexiones sobre la memoria histórica
Establecer un paralelismo entre estos dos 19 de julio resulta una ofensa para la memoria de aquellos que lucharon y dieron su vida en 1936. Mientras que el 19 de julio de 1936 simboliza el auge y la tragedia de la política, el 19 de julio de 2026 representa el triunfo del vacío: la política ha sido sustituida por el espectáculo, y la identidad nacional, antes un campo de batalla, se ha convertido en una mera mercancía.
Unir a un país en torno a un partido de fútbol es, por naturaleza, una unión efímera. Esta es la última pretensión del gobierno español, que a través de la Moncloa y de los medios de comunicación, busca desviar la atención de lo que realmente importa, optando por una euforia colectiva generada por un éxito deportivo en lugar de abordar la urgencia de los problemas nacionales. Que este día sirva, además de para celebrar, para recordar y no olvidar nuestra historia, evitando repetir los errores del pasado y no ignorando la miseria del presente que se nos presenta desde la Moncloa.
