Reflexiones sobre el futuro de Europa
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, evoca en muchos aspectos a figuras mitológicas, aunque la comparación con Zeus puede parecer exagerada. Su manera de pronunciar su apellido, que resuena como un eco, es casi tan memorable como su relación con ciertos líderes internacionales, como la controvertida dictadora venezolana que se beneficia de su apoyo. Sin embargo, es difícil imaginar que Trump haya visitado el museo Isabella Stewart Gardner en Boston, donde se encuentra la célebre obra de Tiziano, «El rapto de Europa», ni que conozca las interpretaciones de artistas como Veronese, Rubens o Picasso. No obstante, su ambición parece llevarnos a un destino incierto, como si buscara crear su propia Creta moderna, comenzando por Groenlandia. La esperanza es que no logre sus objetivos.
Este año marca el 40 aniversario de la adhesión de España al Tratado de la Unión Europea, un momento crítico en el que se observa un desvanecimiento del europeísmo en ciertas políticas y figuras públicas. En su discurso navideño, el Rey hizo hincapié en la importancia de mantener el compromiso con Europa, en un contexto donde el abandono de estos principios se siente especialmente inoportuno.
Perteneciente a una generación que ha vivido la evolución de Europa con entusiasmo y esperanza, recuerdo los días en que los marines estadounidenses llegaban a nuestras costas y las primeras turistas suecas disfrutaban del sol en Benidorm. En aquel entonces, la conexión con Europa era vital, tanto por necesidad como por la lógica que dictaban los acontecimientos.
Renunciar al europeísmo hoy en día es un error evidente, y lo es aún más en un momento de debilidad. La entrega de ciertos aspectos de la soberanía nacional a favor de una soberanía común es una práctica que ha demostrado ser eficiente y necesaria. A lo largo de estas cuatro décadas, hemos visto cómo esta colaboración ha funcionado, aunque quizás el aniversario demande ciertas reformas que respondan a los nuevos desafíos.
Expertos en el tema apuntan a una pérdida de los principios occidentales y a una debilidad en la gestión política a nivel comunitario. Esta realidad es alarmante, especialmente el olvido de los valores cristianos que han fundamentado nuestra identidad. La tarea de promover la idea de Europa como un espacio común, especialmente entre los jóvenes valencianos, es imprescindible en este 40 aniversario. Una exposición itinerante inaugurada en el Castillo de Santa Bárbara de Alicante es un paso positivo hacia este objetivo, y es responsabilidad de líderes actuales como Pérez Llorca y Ruth Merino continuar este esfuerzo crucial.
